viernes, 11 de noviembre de 2016

La Rous borda en Madrid dos bellas funciones inspiradas en sus progenitores

La Rous acaba de llenar varios escenarios madrileños y a su paso ha dejado un rastro de nostalgia, poesía, sensibilidad y ternura. Hacía tiempo que no nos emocionábamos tanto en un teatro. Dos espectáculos multipremiados, La casa del abuelo, e Hilos, inspirados respectivamente en el padre y la madre de esta artista albaceteña que ha desarrollado su trabajo fundamentalmente en Andalucía, elevan a la categoría de maravilla el nivel del teatro para público infantil que se viene haciendo en nuestro país. El Premio Nacional de Artes Escénicas y seis premios FETEN avalan su trayectoria. Por su creatividad, rigor y compromiso, es una compañía 'garantía de excelencia', a la que hay que seguir la pista allá donde actúe y cualquiera que sea su propuesta escénica.

Imagen de Hilos, de La Rous

Hilos


Madejas, bovinas, carretes, agujas de tejer, guitas de diferente grosor, una rueca gigante... Rosa Díaz, alma mater de La Rous, lleva al extremo en Hilos el símbolo que da título a la función. Enmarcada dentro de las '31 Semanas Internacionales de Teatro para niños y niñas' que organiza Acción Educativa, este espectáculo insuflado por la madre de la creadora, ha deleitado y enternecido a mayores y pequeños en el Centro Cultural Paco Rabal los pasados 4 y 5 de noviembre. El montaje luce aún el brillo de haber recibido este año el Premio FETEN a la mejor interpretación y dramaturgia (en colaboración con Itziar Pascual).

"Venimos al mundo unidos por el cordón umbilical que nos entrelaza de una manera única a nuestra madre, pero, ¿qué pasa luego con ese hilo? El cordón se corta al nacer, pero el vínculo que se crea entre ambas partes, como un hilo invisible, permanece vivo".

Rosa Díaz se vale del recuerdo de su madre, Adolfina, mujer de increíble fortaleza (a la que diagnosticaron que no podría tener hijos, ¡y sin embargo parió 14!), para hablar sobre los vínculos familiares y emocionales que vamos entretejiendo a lo largo de nuestra vida. Un guión entrañable, una ristra de bellísimas y poéticas escenas en las que exhibe numerosas técnicas (teatro de objetos, sombras, clown, danza, malabares, e incluso auténticos números de magia), junto a un excepcional dominio del espacio escénico, convierten la propia historia familiar en una encantadora fábula.

Imagen de Hilos, de La Rous

Qué cómico resulta el momento en que la actriz interpreta a la madre como una payasa desbordada que va tirando de distintos hilos y encontrando/dando a luz así a sus 14 hijos, -cada uno representado por una madeja de lana de distinto color-, que lloran, maman, se despiertan, se le caen... ¡Cómo dar abasto con esta familia numerosa!

Lo que parece difícil y aparatoso en escena, por el uso de múltiples detalles y artilugios de utilería, La Rous hace que a la vista parezca sencillo y natural: una montaña de cáscaras de pipas, un árbol de Navidad apenas sugerido con una cuerda y siete puntas, un tendedero de pañales interminable, un gran carrete de hilo que se torna carrito de bebé, un misterioso telar-cortinilla que muestra y esconde...

Geniales son también la escena onírica del encuentro entre sus padres, que culmina en boda, o la de la máquina de escribir -ese repiqueteo agitado de unos dedales rojos sobre una caja de madera-, en la que la protagonista cuenta cómo fue su primer trabajo (o su primer viaje lejos de su madre...), para acabar volviendo a sus brazos.

Imagen de Hilos, de La Rous

"Mi madre pasó su vida en una cuerda floja haciendo equilibrios entre lo que quería, lo que hacía, lo que podía, lo que soñaba..."

El magnífico uso de proyecciones con imágenes del recuerdo familiar, y un cuidadísimo espacio sonoro compuesto principalmente por temas clásicos de la canción francesa e italiana -que debieron ser los temas favoritos de esa súper madre a la que se homenajea-, redondean un espectáculo de una factura impecable.

La casa del abuelo


Sobre la huella indeleble que deja en nosotros la familia trata también La casa del abuelo. Este delicioso retablo intimista que logró nada menos que el Premio Nacional de Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud 2011, pudo admirarse en la polifacética sala Cuarta Pared a finales de octubre. Cuenta la especial relación de una niña con su abuelo (personaje inspirado en el padre de la autora), y cómo, cuando un día éste se apaga y se marcha para siempre, nieta y abuela le mantienen presente y vivo a través de los objetos que le pertenecieron.
La Rous propone contar a los niños la muerte con naturalidad: el abuelo no está (no se ha ido al cielo, ni se ha convertido en ángel de la guarda...), y la vida sigue. Nosotros hacemos presentes a los que se van a través de su recuerdo.

Llena la escena teñida de rojo un sorprendente trasto: un escritorio de madera, practicable, absolutamente mágico, que, abriendo y cerrando cajones se va transformando en las distintas estancias de la casa de los abuelos, plagadas de detalles.

Imagen de La casa del abuelo, de La Rous

Es una función para verla muy cerquita, que se afana en mostrar la teatralidad de las pequeñas cosas. Los protagonistas son muñecos rudimentarios confeccionados con materiales y objetos cotidianos (palos de helado, cartón, trapos, sellos, gomas de borrar...). Por ejemplo, la abuela tiene cuerpo de bastidor y cabeza de cesta de mimbre; sus particulares andares hacen que las carcajadas salten.
Los dedos de la titiritera son las inquietas piernas de la niña, y a la vez asisten en sus manías a ese abuelo que a todos nos recuerda al nuestro, realizando diariamente sus rituales (afeitarse, recolocarse la boina, abrir el periódico...), musitando sus cancioncillas: "al paso, al paso, al trote, al trote, al galope, galope, galope...". La acción está arropada por el sonido dulce de una caja de música, y cada personaje tiene además su propio leit motiv.

Imagen de La casa del abuelo, de La Rous

Preciosa aparece la escena de la verbena, delicadamente diseñada con luz intraescénica, que nos descubre cómo se conocieron los abuelos, bailando, a la luz de la luna.
El público menudo ríe jovial al reconocerse en la curiosidad juguetona de la niña, mientras el adulto se conmueve recuperando las memorias perdidas de su infancia. Rosa Díaz tiene el don de lograr que cada cual conecte con algo, con un instante...

La propuesta nos trae irremediablemente el recuerdo de otros 'espectáculos con escritorio', como la prodigiosa fantasía visual El oratorio de Aurelia, de Aurélie Thierrée, nieta Chaplin, o Ildebrando Biribó, memorable creación de Alberto Castrillo-Ferrer sobre el apuntador de la primera representación mundial de Cyrano de Bergerac.

Escritorio abierto de La casa del abuelo, de La Rous

La Rous es una compañía creada en 2008 por Rosa Díaz, actriz, directora, y autora de teatro desde 1984. La casa del abuelo fue su primer espectáculo como compañía independiente, con guión y dirección propias, con el que obtuvo el Premio al mejor espectáculo en la Feria Internacional de Teatro para Niños y Jóvenes FETEN 2009. Ocho años después, este escritorio encantado sigue girando por los escenarios de toda España...

Próximas funciones

HILOS

Madrid: Teatro Fernán Gómez-Centro Cultural de la Villa
28 y 29 de diciembre 2019
A las 17 y a las 19 h.
Edad recomendada: A partir de 7 años.

LA CASA DEL ABUELO

Edad recomendada: A partir de 5 años.



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